5.4.13

“no es suficiente la sabiduría para ser sabio” Inteligencia emocional

Nos recordaba Shakespeare que “no es  suficiente la sabiduría para ser sabio”, esto es, el acopio de conocimiento no nos da directamente el saber. Hace falta, ante todo, poder relacionar los conceptos, interpretarlos, es preciso que los sepamos utilizar en cada momento de necesidad, ni antes ni después, justo cuando los precisamos, teniendo en cuenta muy diversos parámetros. Daniel Goleman ha llamado más recientemente a esto que aquí reseñamos “inteligencia emocional”, y sobre ella se han hecho tratados, tesis doctorales y mil análisis y reflexiones, en un intento de apuntar cercanamente un tipo de habilidad que es más inefable que otras. 

Hagamos un repaso a varias cuestiones. En el día a día, para entender en general y específicamente, hemos de conocer el contexto de lo que ocurre, de lo que se nos relata. El entorno lo es todo. Aludimos a las circunstancias de las que nos hablaba Ortega y Gasset. Lo que para uno es importante para otro no lo es. El mérito en unos éxitos no lo es tanto en otros. “A cada cual lo suyo”, subrayaban los griegos cuando defendían su justicia distributiva, tan compleja de ejercer.

El contexto nos ayuda a “empatizar”, a ponernos en la piel de los conciudadanos, a vivir en sus realidades. Solo así los podemos comprender, únicamente de este modo entendemos cómo son y lo que nos trasladan. Yace aquí una relevante dosis de inteligencia emocional, como también ésta aparece cuando somos capaces de escuchar, de ceder, de tolerar, de transigir, cuando celebramos lo que otros consiguen, cuando renunciamos con el fin de que los demás tengan lo mínimo, cuando seguimos sus devenires para que lo esencial no se pierda, etc.

El inteligente emocional es asertivo, no es agresivo (no siempre), ni es apocado (no en exceso). Procura, asimismo, dar con la virtud que está en el camino medio, en los puentes, en entrelazar capas y opciones, actitudes y aptitudes. Se relacionan, con este modo de entender la vida, la capacidad para preguntar, para analizar, para envolvernos con el manto de los condicionantes de los compañeros, de los conocidos y hasta de los extraños. 

Cuando vivimos en la soberbia, o en peldaños alejados de lo cotidiano, no practicamos la inteligencia emocional, que es todo (sí, todo), y cada vez lo es más. En este mundo de prisas, la inteligencia está en saber parar, en no demostrar más de lo que somos, en adecuarnos y adaptarnos a los momentos que nos tocan vivir.  La aceptación de la crítica, la búsqueda de la retroalimentación comunicativa, la interacción, la bravura, el coraje, el temperamento medido, la fortaleza compartida, la solidaridad, la localización de señales, el no obsesionarnos, el contemplar y el leer entre líneas son muestras inequívocas de lo que estamos subrayando. 

La voluntad, la entrega, el entusiasmo, el ser positivos, el sobreponernos, el superar los obstáculos, el no frenarnos ante lo necesario, el asumir riesgos, el mantener, entre otras, las posturas mancomunadas, las miradas de complicidad, los análisis del presente y del futuro, el no pensar que sabemos más que los demás, amén de otros planteamientos, conforman una forma de comportamiento que ha de defender, que sustenta en definitiva, la dignidad de lo humano por encima de todo. Nuestra lucha pacífica ha de ser por el avance societario incorporando a cuantos más mejor, siguiendo la estela de la inteligencia que estamos esbozando. No es nueva: ya hablaron de ella Aristóteles, Platón, Santo Tomás, y muchos otros.

Todo cuenta

Por lo tanto, tengamos ímpetu y cuidemos la puesta en escena. Los niveles afectivos y racionales tienen la misma importancia y consideración. Deben. Así, en las relaciones, en las comunicaciones, en el aprendizaje, hemos de practicarlos y desarrollarlos con amor, con bondad, con buenas intenciones, al mismo tiempo que con oficio y profesionalidad. Todo cuenta. Todo es todo. Los hábitos, las costumbres, las percepciones, los comportamientos, los colores y atuendos utilizados, los gestos, las distancias, las ponderaciones, los tonos, el metalenguaje, la calidez en las palabras, y las posturas de las manos, de los rostros y de los ojos han de cobijar el mejor afán, que debe venir cada día con la pretensión de una conquista desde el convencimiento mutuo. 

Además, ser inteligentes es no ser egoístas, es no pretender estar siempre en el lado ganador de la partida, es reconocer errores, es enmendar decisiones equivocadas, es estar en el margen de los que menos obtienen, es convencernos de que, en este trasiego, la mejor cosecha es la que recogemos en comunidad para devolver a ella, al conjunto, los intereses principales. La salud, la educación y la riqueza que es el trabajo de todos suponen el frontispicio de la defensa de quienes albergan suficientes dosis de inteligencia emocional, que, por otro lado, siempre hay que reponer, estando como está sometida al trasiego constante y al desgaste cotidiano. 

En realidad, este tipo de inteligencia reconoce que lo apasionante es existir de manera completa. No olvidemos que lo deseable es poder decir, como Neruda al final de sus días, que hemos vivido de verdad.